El sol aún no se ha puesto por completo. La plaza ya arde con otra luz. Las canciones de los altavoces golpean la ciudad como un martillo. Mira, aquellos rostros arrugados por la edad se sonrojan como jóvenes. Sus brazos suben y bajan como si intentaran atrapar el tiempo que pasa entre la oficina y la cocina. Sus pasos armonizados sobre el suelo de concreto saltan sobre las fantasías de la juventud, el arduo trabajo de la mediana edad y la soledad de la jubilación. Algunas personas piensan que son una molestia, pero no saben que este pequeño baile es su arma contra las articulaciones rígidas. Es su manera de ahuyentar la soledad de su nido vacío. Esa dama de rojo en la multitud, sus pasos pueden no ser gráciles, pero el brillo en sus ojos es mucho más brillante que los ojos de los innumerables trabajadores que hacen horas extras en la oficina detrás de ella. Quizás esa sea la verdad más sencilla de todas: cuando finalmente dejamos caer todas nuestras máscaras, resulta que bailar en sí mismo es el destino final.